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jueves, 22 de septiembre de 2011

Microcuento 5

Cada día hay montañas nuevas.
Uno se levanta, abre la ventana y ahí están,
relucientes,
con un copo de nieve recién caída en la cima,
siempre distintas de las montañas del día anterior.
Muy bonito.
El problema es de noche,
cuando caen las montañas viejas,
cuando se mueven las rocas y
la construcción avanza a gran velocidad,
justo a la hora en que uno trata de dormir,
con todo ese ruido.
Eduardo Abel Giménez

Microcuento 4

Amores verdes
Silvina Rocha

Rafael camina entre los surcos. A un costado, los tomates; más adelante, los rabanitos; las aromáticas, a la derecha. En el fondo, los frutales: limones, mandarinas, naranjas y paltas. “La” palta que Rafael espera que madure. Pasa enero y febrero, pero la palta sigue verde. Ésa sigue verde, mientras las demás van tomando color berenjena. Todos los días Rafael espera. Quiere ésa, la que no madura. En marzo la palta sigue pequeña y brillante. Todas las demás ya se pudrieron.
Rafael - cae de maduro - también se queda verde.

Microcuento 3

Abreviado - Silvina Rocha

A la distancia, el poeta redacta un telegrama. Mira al cielo, escribe inspirado:
AMADA MÍA NECESITO EL AIRE QUE RESPIRAS. NO SOPORTO LA DISTANCIA. NECESITO TU ALIENTO. TU CORAZÓN LATIENDO CERCA DE MI. POR FAVOR NO ME DEJES. VUELVO PRONTO. TINCHO
El poeta mete las manos en sus bolsillos y solo encuentra unas pocas monedas. Le ruega al telegrafsta que lo envíe, que es de vida o muerte. El hombre, que no y que no. Tincho suplica, se hinca de rodillas, llora y negocia.
A Mía le llega:
NECESITO AIRE. NO SOPORTO TU ALIENTO. NO VUELVO. TINCHO.

Microcuento 2

Prodigio - Pamela Archanco

Hizo un gesto mínimo.
Pero fue de amor.
Y bastó.

Microcuento 1

Un niño y otro -  Pamela Archanco

Había una vez un barrio,
que tenía una casa, que tenía un cuarto, que tenía una ventana por la que miraba un niño, lejos, muy lejos, donde no podía estar.Y había otro niño, que corría veredas, que remontaba árboles, que volaba bicicletas, entre risas y amigos, mientras el sol se hacía tan fuerte que costaba mirar.
Los días de lluvia eran más tristes porque el agua barría hacia adentro a todas las personas.
Un día escuchó el golpe suave de una piedra contra el vidrio. Era el otro.
–¡Hola! ¿Salís a jugar?