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domingo, 3 de julio de 2011

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Otro cuento de Ema Wolf

El regalo del señor Maquiaveli

El señor Dante Maquiaveli quiso darle una sorpresa a su querida esposa Brígida y le regaló un fantasma.

Lo encontró en un cambalache fino cerca de su casa, en medio de percheros y soperas de porcelana.

El fantasma tenía un cartelito que decía “oferta: 20.000 $”. La cifra representaba la cuarta parte de su sueldo pero Maquiaveli no vaciló: la patrona se merecía eso y mucho más.

El cambalachero anticuario le dijo que era un legítimo fantasma escocés, que gemía por las noches, arrastraba cadenas, tocaba la gaita con horrísona melancolía, paraba de punta los pelos de las visitas, etc.

Lo llevo – dijo el señor Maquiaveli.

Cuando llegó al edificio donde vivía, se escabulló por una escalera de incendios para que no lo viera el portero: el consorcio no admitía fantasmas.
En la casa encontró a su esposa Brígida delante del espejo. Estaba poniéndose los ruleros y untándose la cara con crema de placenta de vinchuca.
Cuando Brígida vio en el espejo la horrorosa aparición, lanzó un alarido que arrugó la médula de los vecinos en ocho manzanas a la redonda.

Ni bien entendió que era un regalo de su marido no pudo menos que sentirse agradecida. Hizo lo que hace todo el mundo cuando recibe un regalo. Dijo:

¡Qué lindo!

Después con su habitual sentido práctico agregó:

¿Y dónde lo ponemos, viejo?

El departamento era de dos ambientes con kitchinette, así que instalaron el fantasma en la baulera de la terraza. Desde allí podría pasearse por las azoteas y aterrorizar a sus anchas.

Esa noche Dante y Brígida se acostaron emocionados, con las cabezas juntas y las manos enlazadas. De un momento a otro esperaban oír el quejido ululante y tenebroso, típico de los fantasmas, una risotada siniestra o algo así.

En cambio escucharon un bostezo grosero y vieron que el fantasma se filtraba en el mismísimo dormitorio. Después se metió a los pies de la cama y se tapó con la frazada.

Dante Maquiaveli quedó estupefacto.
Brígida gritó espeluznada.
Después reaccionó y le dijo a su marido:

Viejo, ¿por qué no lo llevas de nuevo a la terraza?

Dante agarró al fantasma por el pescuezo y lo fletó para arriba.
Inútil.
El horripilante espectro atravesaba las paredes y en dos minutos lo tenían de nuevo en la cama.

Así pasaron esa noche y varias otras noches: ellos que lo sacaban y el fantasma que volvía y Brígida que gritaba y dormía con las rodillas en el mentón.

Hasta que la señora de Maquiaveli se puso firme y una madrugada le dijo a su marido:

El fantasma o yo.

Dante tuvo un momento de duda.
Su esposa no atravesaba paredes, así que no había peligro de que volviera.
Además el fantasma no dormía con ruleros ni ungüentos de vinchuca.
Hasta podía jurar que no tenía los pies tan helados como ella.

¡Pero no, no! Dante espantó esa idea como quien espanta un gato a escobazos. ¡Él amaba a Brigidita!

Al día siguiente llevó al fantasma de vuelta al cambalache.
Como no le quisieron devolver la plata lo cambió por una capa negra y unos dracu-dracu usados.
Esperó que cayera el sol y volvió enternecido a su casa.
Estaba empeñado en darle una sorpresa a Brigidita.

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